En julio, la selección eliminó a Inglaterra del Mundial y el plantel desplegó una bandera: «Las Malvinas son argentinas». El gesto tuvo alcance planetario y produjo reacción inmediata en la prensa británica. Fue, en términos estrictos, la mayor operación de comunicación soberana de las últimas cuatro décadas, y no la diseñó nadie.

Tres semanas después, el 13 de agosto, La Nación publica un extenso reportaje a Nicolás Cassese —cronista del propio diario— autor de Puerto Stanley, 1982 (Sudamericana), una novela sobre la guerra narrada desde el punto de vista de los habitantes de las islas.

En la entrevista Cassese admite que su libro es «una provocación, pero es una provocación con un sentido» el de, supuestamente, exponer cuánto ignora la Argentina sobre las islas que reclama. Y lo presenta, además, como «una crítica a la guerra que decidió Galtieri».

No hace falta que alguien haya ordenado esa secuencia para que su efecto sea el que es: naturalizar la ocupación. Ese es el eje de este análisis.

Cómo se naturaliza una ocupación

Quien lea el ecosistema informativo doméstico como un espacio naturalmente inocente parte de un supuesto que los propios papeles del adversario desmienten. Una ocupación se sostiene por la fuerza y se consolida cuando deja de percibirse como ocupación. El tránsito no ocurre por persuasión (nadie va a convencer a la sociedad argentina de que las islas son británicas) sino por un procedimiento más económico que implica desplazar el centro de la cuestión; cambiar el tema sobre el que hay que responder.

La pregunta soberana es ¿por qué las islas son argentinas? Y una adecuada respuesta involucra 1833, el desalojo de la población y las autoridades argentinas, la continuidad del reclamo y la doctrina de la población implantada.

La pregunta desplazada es ¿qué sintió la gente que estaba ahí en 1982?

Al operar el desplazamiento, quien objeta este movimiento queda en posición de estar en contra de que se cuenten historias humanas.

Los cuatro niveles

El desplazamiento no opera en un solo registro. Trabaja en cuatro niveles encadenados, que van de lo más visible a lo menos perceptible. El nombre del lugar en disputa, el sujeto que ocupa el centro moral del relato, el estatuto jurídico que ese sujeto habilita sin que nadie lo afirme, y lo que queda disponible en la cabeza de quien no vivió 1982. Cada nivel es más difícil de ver que el anterior, y por eso mismo más difícil de revertir. El primero es el único que llega a discutirse en público.

El nombre

Nombrar es admitir quién tiene autoridad para nombrar: es una posición jurisdiccional condensada. La erosión del topónimo tiene una secuencia reconocible:

EstadioFormaEfecto
1«lo que ellos llaman Stanley»Marca distancia. No normaliza.
2«Puerto Argentino/Stanley»Equipara ambos regímenes de nombre.
3«Stanley, porque es el nombre histórico»Invierte la carga: lo argentino pasa a ser lo impuesto.
4«Stanley»El reconocimiento se volvió invisible.

El tercer estadio es la bisagra en la que se instala un argumento de autoridad que los usos posteriores ya no necesitan repetir.

Conviene ser preciso con el dato de base, porque si no el argumento se rompe al primer contacto. Es cierto que la prensa y la cartografía argentinas usaban «Puerto Stanley» antes de abril de 1982, y es cierto que «Puerto Argentino» fue instituido por decreto de la autoridad militar de facto tras el desembarco, después de un primer nombre de vigencia efímera, «Puerto Rivero».

Lo que no se sigue es la conclusión a la que la entrevista de La Nación pretende que arribemos por nuestros propios medios. La denominación fue asumida y sostenida por todos los gobiernos constitucionales posteriores e incorporada a la cartografía oficial. Su origen no la contamina retroactivamente —igual que el origen dictatorial de innumerables normas no invalida su vigencia democrática—. La operación consiste en transferir el descrédito del régimen de 1982 al nombre, y del nombre al reclamo.

El sujeto moral

Fijar el punto de vista en los habitantes de las islas reasigna cuatro posiciones simultáneamente:

Marco soberanoMarco desplazado
VíctimaNación despojada en 1833Población civil atacada en 1982
AgresorImperio británicoJunta militar argentina
ObjetoTerritorio usurpadoComunidad invadida
Horizonte1833 – presente1 abr. – 14 jun. de 1982

La reducción del horizonte temporal es la operación decisiva. Al fijar la unidad de análisis en el otoño de 1982, la usurpación de 1833 sale del encuadre. Sin 1833, la presencia británica deja de ser una ocupación y pasa a ser el estado de cosas previo.

La legitimación jurídica indirecta

Es el efecto de mayor consecuencia y el menos visible.

La posición argentina sostiene que se trata de una disputa de soberanía entre dos Estados, no de un caso de descolonización con sujeto autodeterminante, porque la población fue implantada tras el desalojo de 1833. Por eso la Constitución de 1994 es deliberadamente precisa: manda respetar «el modo de vida de sus habitantes», no sus deseos. La distinción entre way of life (modo de vida) y wishes (deseos) es el eje exacto de la controversia con Londres, cuya doctrina descansa enteramente sobre los wishes de una población implantada.

Construir a los isleños como comunidad con historia, densidad cultural y voz propia no afirma jurídicamente nada. Pero prepara el terreno cognitivo para que la autodeterminación resulte intuitivamente razonable ante un público que no maneja la distinción técnica. La pregunta que ese marco habilita —«¿y ellos qué querían?»— es precisamente la que la posición argentina sostiene improcedente.

El efecto no es jurídico: es de plausibilidad. Y la plausibilidad es la precondición de la aceptación.

La disponibilidad cognitiva

El efecto de largo plazo no se juega en la persuasión sino en la economía de la atención.

Para una cohorte sin memoria directa de 1982, el cúmulo de representaciones disponibles sobre Malvinas se compone de relatos de trauma de conscriptos, relatos de la responsabilidad de la dictadura y, ahora, relatos de la experiencia isleña. Ninguno contiene el argumento del título soberano.

El resultado inmediato no es que la sociedad crea que las islas son británicas. Es que deje de tener a mano las razones por las cuales serían argentinas. La adhesión sobrevive como identidad afectiva sin contenido argumentativo — y una adhesión sin argumento no resiste el primer costo concreto que se le imponga.

Operación QUITO: lo que está escrito

Cualquier discusión sobre influencia externa en el frente interno tiene que empezar por un hecho documentado, no por una sospecha.

El 2 de abril de 2015 (aniversario de la Operación Virgen del Rosario) The Intercept publicó, con firma de Andrew Fishman y Glenn Greenwald, documentos filtrados por Edward Snowden que revelaban la Operación QUITO, un plan encubierto del JTRIG (Joint Threat Research and Intelligence Group, Grupo Conjunto de Investigación e Inteligencia de Amenazas) del Foreign Office británico (la Cancillería del Reino Unido), en preparación desde al menos 2008. Los documentos publicados cubren el período 2008-2011 y están archivados públicamente por la Electronic Frontier Foundation.

Lo que dicen los papeles:

  • La Argentina era el principal objetivo regional. Un Extended Enterprise Report (informe de empresa extendida) de la NSA fechado en 2008, basado en reuniones con representantes del GCHQ, consigna que la Argentina era «GCHQ’s primary interest in the region» («el principal interés del GCHQ en la región»).
  • La misión está descrita como «long-running, large scale, pioneering effects operation» — una operación de efectos, de larga duración y gran escala, pionera. En la jerga del JTRIG, effects operations significa diseminación de engaño y disrupción en línea.
  • El objetivo del Foreign Office, al que JTRIG y otras divisiones del GCHQ fueron asignadas, era «[prevent] Argentina from taking over the Falkland Islands» («[impedir] que la Argentina se apodere de las Malvinas»).
  • El estudio del DSTL (Defence Science and Technology Laboratory, Laboratorio de Ciencia y Tecnología de Defensa), publicado en marzo de 2011, establece que uno de los fines de la unidad era «preventing Argentina from taking over the Falkland Islands by conducting online HUMINT» («impedir que la Argentina se apodere de las Malvinas mediante HUMINT en línea») — inteligencia humana en línea, definida como recolección sobre blancos humanos mediante seguimiento pasivo o interacción bajo identidad falsa.
  • El repertorio del JTRIG, según el catálogo de sus capacidades: operaciones de false flag (bandera falsa), honey traps (trampas de miel) sexuales, implantación de virus, herramientas encubiertas para «sembrar internet con información falsa», manipular resultados de encuestas en línea, inflar artificialmente visitas, amplificar mensajes en YouTube y plantar publicaciones falsas de Facebook para «países enteros». El propio DSTL describe el lenguaje de sus operaciones con los verbos discredit, distrust, dissuade, deceive, disrupt, delay, deny, denigrate/degrade (desacreditar, sembrar desconfianza, disuadir, engañar, perturbar, demorar, negar, denigrar/degradar).

El dato más duro es el último, y es el que menos se cita. Un documento del Network Analysis Centre (Centro de Análisis de Redes) del GCHQ correspondiente al segundo trimestre de 2011 registra que el «análisis de redes en apoyo de operaciones cibernéticas ofensivas» sobre la Argentina pasó de RED a GREEN (de rojo a verde) — de inactivo a activo — durante ese trimestre. No es planificación, es evidencia de desarrollo operativo en curso a fines de 2011.

Los documentos consignan además asistencia de la NSA estadounidense en curso al menos hasta 2010, pese a la negativa pública de Washington a respaldar la posición británica.

El frente regional, en los papeles

Un taller del GCHQ de noviembre de 2011 sobre Mission Driven Access (acceso orientado por la misión) planteó a su personal el siguiente escenario:

«El GCHQ ha tenido un desempeño consistentemente deficiente en Brasil, con crecientes preocupaciones de que las actitudes [sud]americanas sobre las Malvinas se estén alineando con Argentina. Una próxima visita ministerial a Chile ofrece una oportunidad para contrarrestar esta tendencia. El Foreign Office está buscando asesoramiento.»

Lo que el propio Intercept no afirma

La investigación señala expresamente que «the full extent of JTRIG’s tactics used in the Falklands mission is unclear» («no está claro el alcance total de las tácticas del JTRIG empleadas en la misión Malvinas»), y que QUITO estaba, hacia 2009, «en etapas de planificación», con «una cantidad significativa de trabajo previo» y «casi completa».

Es decir: el objetivo, la unidad, el mandato y la activación de operaciones cibernéticas ofensivas están documentados; el detalle de qué se ejecutó lo sufrimos hoy todos los argentinos.

El detonante, y por qué importa hoy

The Intercept fecha el salto de tensión en 2010, con el descubrimiento británico de grandes reservas offshore de petróleo y gas potencialmente valuadas en miles de millones de dólares.

Ese es el hilo que conecta 2010 con este agosto. La operación de inteligencia y el yacimiento no son dos expedientes distintos. Sea Lion es el activo que QUITO pretendía proteger. Dieciséis años después, el yacimiento entró en fase de obras.

El problema real

La posición argentina no dispone hoy de un producto cultural de circulación masiva que exponga el título soberano —1833 o la población implantada— con calidad narrativa comparable a la de los relatos que lo desplazan. No hay una novela, ni una serie de alcance popular sobre el desalojo de 1833. Hay una industria entera dedicada al trauma de 1982.

Un Estado que reclama un territorio durante casi dos siglos y no financia investigación, archivo ni divulgación sobre su propio título cede el campo por omisión. No hace falta que nadie lo empuje.

Y hay una ironía que conviene registrar y es que buena parte del material que circula hoy con intenciones hostiles es argumentativamente aprovechable. La reconstrucción del vínculo previo a 1982 —maestras argentinas en las escuelas isleñas, atención médica en Comodoro Rivadavia, conectividad aérea provista por el Estado argentino, primacía del vínculo con Buenos Aires sobre el vínculo con Londres— documenta que la integración funcional del archipiélago con el continente era el curso natural de las cosas frente a la estrategia que busca prolongar la ocupación costosa y artificial.

Ese es un argumento argentino. Está disponible. Nadie lo está usando.