Fronteras míticas

En el portal curricular del Ministerio de Educación de Chile, los alumnos de sexto año básico deben explicar los motivos que incidieron en la «pérdida de la Patagonia». La fórmula aparece junto con el estudio de los territorios incorporados y perdidos durante la formación del Estado chileno. No pertenece a un video nacionalista ni a una publicación marginal, es un indicador pedagógico oficial.

La expresión no significa que Chile reclame actualmente la Patagonia Argentina. Tampoco pone en cuestión, por sí misma, el Tratado de Límites de 1881. Demuestra que una controversia puede quedar resuelta en el derecho internacional y continuar activa como representación histórica.

Esa persistencia no es exclusivamente chilena. En Paraguay, la propia Comisión Nacional Demarcadora de Límites sostiene, en una reconstrucción histórica, que el Estado paraguayo perdió Misiones y la región comprendida entre los ríos Pilcomayo y Bermejo. En Uruguay, Martín García conserva una presencia historiográfica nada despreciable.

La expresión «territorio perdido» no es una descripción objetiva, presupone que el espacio pertenecía legítimamente a quien afirma haberlo perdido.

La asimetría cartográfica: cuando solo la Argentina debe demostrar ocupación

Buena parte de la cartografía histórica que circula en redes sociales, videos de YouTube y materiales de divulgación combina criterios incompatibles. La Argentina anterior a la Conquista del Desierto aparece reducida al espacio sometido a administración o control militar efectivo. Sus vecinos, en cambio, son representados con los contornos de sus máximas pretensiones territoriales o de antiguas jurisdicciones coloniales, como si hubieran ejercido soberanía continua sobre ellas.

La distorsión no consiste en mostrar que la Pampa, la Patagonia o el Chaco estaban habitados por pueblos indígenas. Esa corrección es imprescindible. El problema aparece cuando el criterio del control efectivo sólo se aplica al Estado argentino.

Un mapa coherente debería mostrar simultáneamente la frontera efectiva argentina, las territorialidades indígenas pampeanas y patagónicas, la frontera mapuche del Biobío y las pretensiones superpuestas de Argentina y Chile. Lo mismo debería ocurrir en el Chaco, donde convergían aspiraciones argentinas, paraguayas y bolivianas sobre espacios de ocupación estatal precaria.

En esas representaciones, solo las pretensiones argentinas son historizadas, mientras que las de sus vecinos son naturalizadas.

Historiadores, escuelas, prensa e instituciones construyeron representaciones en las que la Argentina aparecía como expansionista y beneficiaria de una sustracción territorial. Los mapas chilenos extendieron retrospectivamente su país sobre la Patagonia entera y proyectaron su dominio sobre territorios bajo jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata. Para sostener esa lectura, seleccionaron determinados títulos y omitieron documentos incompatibles con el relato.

A esa inercia se suman cartografías escolares, archivos de Wikimedia, pretensiones territoriales y activismos políticos.

Existe una intencionalidad en producir y reproducir la narrativa de una Argentina territorialmente tardía, expansiva y menos legítima que sus vecinos.

Chile: la Patagonia como memoria estratégica

La formulación convierte una controversia sobre títulos coloniales, ocupaciones y criterios de delimitación en un balance territorial nacional. La Patagonia no aparece sólo como un espacio reclamado durante el siglo XIX, sino como algo que Chile habría poseído y posteriormente perdido.

La narrativa también está presente en Memoria Chilena, plataforma de la Biblioteca Nacional. Su reconstrucción del Tratado de 1881 afirma que, mientras Chile combatía en la Guerra del Pacífico, las presiones argentinas se intensificaron; sostiene que Chile se vio obligado a alcanzar un acuerdo y que el tratado implicó renunciar a derechos históricos sobre la Patagonia.

No se trata de una posición jurídica bilateralmente aceptada. La tradición historiográfica argentina sostiene los títulos basados en antecedentes virreinales que ubican a la Patagonia atlántica bajo jurisdicción rioplatense.

La cuestión patagónica se integra además a un entramado territorial austral más amplio: estrecho de Magallanes, Tierra del Fuego, canal Beagle, Hielos Continentales, pasaje de Drake y Antártida.

No existe hoy una política oficial para hacerse de la Patagonia argentina, pero sí una narrativa institucional que conserva la idea de pérdida y puede ser reactivada durante futuras controversias territoriales, marítimas o antárticas.

Bolivia: pérdidas territoriales y proyección sobre Jujuy, Salta y Formosa

La memoria territorial boliviana se organiza alrededor de una secuencia de reducciones representadas como desmembramiento nacional. El litoral del Pacífico ocupa el centro emocional y diplomático de esa narrativa; el Acre, el Chaco Boreal y los arreglos con Perú, Brasil y Paraguay completan el mapa de pérdidas. La Argentina aparece dentro de ese sistema, aunque con menor intensidad.

El programa boliviano de Educación Secundaria Comunitaria Productiva incorporó la elaboración de mapas de «pérdidas territoriales»; además, materiales oficiales recientes de Geografía continúan incluyendo el tema.

En las representaciones más difundidas, la Argentina aparece como receptora de la Puna de Atacama, el llamado Chaco Central y territorios al sur de Tarija. Cuando esas áreas se proyectan sobre la división política argentina actual, parecen abarcar partes de Jujuy, Salta, Catamarca y Formosa.

Una línea historiográfica boliviana sostiene incluso que la Argentina incorporó más de 170.000 kilómetros cuadrados procedentes de la Puna, el Chaco Central y el sur tarijeño entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.

La tesis no es homogénea dentro de Bolivia. El diplomático e historiador boliviano Ramiro Prudencio Lizón cuestionó los mapas maximalistas que presentan a la Argentina como despojadora de la Puna y el Chaco Central. Su objeción principal es que esos mapas omiten la cuestión de Tarija y convierten aspiraciones territoriales discutidas en una soberanía boliviana consumada.

Salta y Jujuy, el reverso de Tarija

Durante las guerras de independencia, Tarija quedó sometida a lealtades, ocupaciones y decisiones políticas contradictorias, y terminó incorporándose a Bolivia. La Argentina mantuvo durante décadas su reclamación y finalmente la abandonó en el marco de la delimitación bilateral.

El imaginario boliviano invierte esa controversia: una vez consolidada Tarija como territorio boliviano, ciertos mapas presentan como pérdida las áreas situadas al sur de la línea definitiva. De allí procede la expresión «sur de Tarija», proyectada en ocasiones sobre el norte de Salta.

También se incorporaron a Salta partes de la antigua Puna de Atacama, particularmente San Antonio de los Cobres y Pastos Grandes. La superposición de ambos procesos —Puna y Tarija— permite que un mapa maximalista muestre una superficie significativa de la actual provincia como antiguamente boliviana.

Formosa y el denominado Chaco Central

Formosa puede aparecer simultáneamente en los imaginarios territoriales de Bolivia y Paraguay. Los mapas bolivianos suelen identificar como pérdida ante la Argentina al «Chaco Central», representado entre los ríos Pilcomayo y Bermejo. Al trasladarlo a las fronteras actuales, el espacio coincide en buena medida con Formosa y con sectores del este de Salta.

La narrativa se apoya en la proyección de los derechos de Charcas y Tarija sobre el Chaco. Sin embargo, la ocupación boliviana era prácticamente nula, las jurisdicciones coloniales eran imprecisas y la región permanecía, en gran medida, bajo el control de pueblos indígenas.

La Cancillería boliviana afirma que no existe actualmente diferencia limítrofe con la Argentina, que la frontera fue determinada por el Tratado Definitivo de 1925 y que no hay proyecto de modificarla. Las comisiones mixtas siguen trabajando sobre demarcación, coordenadas e hitos, no sobre una revisión territorial.

Paraguay: guerra, amputación territorial y memoria nacional

En Paraguay, la representación de la Argentina está condicionada por la Guerra de la Triple Alianza. La memoria del conflicto combina derrota militar, destrucción, ocupación, transformación política y pérdidas territoriales.

La Guerra contra la Triple Alianza ocupa una posición central en los materiales educativos paraguayos. La priorización curricular incluye sus antecedentes, causas, tratado secreto, campañas y consecuencias. Estudios sobre manuales escolares muestran además que el conflicto continúa estructurando relatos nacionales sobre sacrificio, identidad y reconstrucción.

A esa memoria general se suma un mapa territorial concreto. En sus versiones más recurrentes, la Argentina habría incorporado Misiones y el Chaco situado al sur del Pilcomayo, actualmente asociado con Formosa. En formulaciones más expansivas aparece también Corrientes.

La Comisión Nacional Demarcadora de Límites paraguaya expresa la interpretación nacional de manera explícita al afirmar que el Paraguay «perdió el territorio de las Misiones y la región comprendida entre el río Pilcomayo y el Bermejo». Otra reconstrucción institucional señala que el tratado confirmó la cesión a la Argentina de las Misiones situadas en la margen izquierda del Paraná y del Chaco al sur del Pilcomayo.

Esto obliga a matizar la categoría de «imaginario no institucional». No existe una reclamación estatal contemporánea, pero la interpretación de Misiones y del espacio Pilcomayo-Bermejo como pérdida territorial posee una presencia historiográfica dentro de una institución de la Cancillería paraguaya.

La utilización de la palabra «pérdida» no resuelve la controversia histórica. Paraguay ocupó partes de Misiones, pero ello no permite suponer que hubiera ejercido soberanía legítima sobre el territorio.

Formosa: el Chaco al sur del Pilcomayo

La asociación de Formosa con un territorio paraguayo perdido tiene una base diplomática más precisa que la inclusión de Corrientes. Antes de 1876, Paraguay reclamaba áreas al sur del Pilcomayo y la Argentina formulaba pretensiones hacia el norte.

El tratado dividió el Chaco controvertido: el sector Bermejo-Pilcomayo quedó para la Argentina; el ubicado entre el Pilcomayo y el río Verde fue sometido a arbitraje; y el situado al norte del río Verde fue reconocido al Paraguay. El laudo Hayes asignó al Paraguay el área central y Villa Occidental.

La memoria paraguaya es categórica: la frontera actual aparece como una consecuencia directa de la derrota y como parte de la «mutilación» del territorio nacional. Esa representación se encuentra en materiales históricos oficiales, prensa y publicaciones educativas no ministeriales.

Corrientes: la expansión del imaginario

La incorporación de toda Corrientes al mapa de las pérdidas paraguayas posee una base mucho más débil.

Cuando los mapas populares agregan Corrientes, fusionan la antigua Provincia del Paraguay, la cultura guaranítica compartida, las misiones jesuíticas, la disputa de islas y fronteras y la ocupación de la guerra. El resultado es una expansión retrospectiva de la soberanía paraguaya sobre una provincia argentina completa.

La narrativa reaparece en coyunturas contemporáneas. En 2012, un ciudadano paraguayo presentó ante la oficina local de Naciones Unidas una petición para recuperar territorios incorporados por Argentina y Brasil. Ese mismo año, una columna juvenil de ABC Color sostuvo que la Argentina debía devolver Formosa y Misiones antes de solicitar apoyo paraguayo por Malvinas.

Se trató de iniciativas marginales, no de una posición gubernamental. Pero muestran que el imaginario permanece disponible y puede activarse ante controversias ajenas a la frontera: navegación fluvial, migración, narcotráfico, comercio, energía, Yacyretá, medidas aduaneras o Malvinas.

Brasil: Ituzaingó y Caseros, entre la revancha y el cambio de hegemonía en el Río de la Plata

La Batalla de Ituzaingó no pertenece exclusivamente a la memoria argentina. Es, simultáneamente, una victoria militar argentina, un episodio de la independencia uruguaya y una derrota incorporada a la memoria del Ejército brasileño. Veinticinco años después, la participación de Brasil en la caída de Juan Manuel de Rosas permitió interpretar la Batalla de Caseros como la reparación de aquella afrenta.

La conexión entre ambos episodios existe en la cultura militar brasileña. Sin embargo, la historiografía explica el conflicto, fundamentalmente, como una disputa por la hegemonía en la cuenca del Plata y por el poder regional.

La campaña contra la Confederación Argentina fue narrada desde 1852 como una restauración del prestigio brasileño en el Plata y como un medio para alcanzar objetivos estructurales:

  • impedir que la Argentina controlara ambas márgenes del Río de la Plata;
  • asegurar la navegación del Paraná y del Uruguay;
  • neutralizar a la Argentina como potencia competidora regional;
  • establecer una posición predominante en la cuenca del Plata.

La propia catalogación de la Biblioteca del Senado brasileño interpreta la victoria de Caseros como el acontecimiento que estableció la hegemonía brasileña en la región. Caseros fue, por consiguiente, algo más importante que una venganza: fue un cambio en la correlación regional de poder.

La conexión Ituzaingó-Caseros permanece en la memoria a través de publicaciones monárquicas, nacionalistas, militares no oficiales y contenidos digitales brasileños que exaltan la primacía regional. Su difusión existe, aunque no constituye una doctrina estatal explícita.

La Argentina aparece en la historia estratégica brasileña como competidora por la supremacía regional. Esa rivalidad produjo hipótesis de conflicto, políticas de equilibrio y recelos recíprocos, pero no un irredentismo territorial comparable con el chileno o paraguayo.

Uruguay: la Banda Oriental y la memoria de Martín García

Uruguay presenta dos dimensiones diferentes. La primera es historiográfica: el significado de la Provincia Oriental, el proyecto artiguista, las leyes de 1825 y la independencia de 1828. La segunda es territorialmente más concreta: la isla Martín García.

La disputa por el significado de la independencia

El sistema educativo uruguayo no reduce el proceso independentista a una separación lineal de la Argentina. Los materiales de la ANEP recuerdan que la Provincia Oriental fue disputada por Brasil y las Provincias Unidas; que las leyes de 1825 declararon la independencia respecto de Portugal y Brasil y, al mismo tiempo, la unión con las Provincias Unidas del Río de la Plata; y que la intervención británica contribuyó a convertirla en una entidad amortiguadora.

El artiguismo agrega otra escala. La Liga Federal comprendió a la Provincia Oriental y a varias provincias actualmente argentinas, pero eso no convierte a Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe o Misiones en territorios uruguayos perdidos.

Martín García

Martín García es el punto donde el imaginario uruguayo adquiere una forma territorial precisa.

La isla poseía un enorme valor estratégico por su ubicación frente a los accesos de los ríos Paraná y Uruguay. Durante la Guerra Grande quedó bajo el control de las fuerzas vinculadas con el Gobierno de la Defensa de Montevideo. En 1852, el gobierno argentino reclamó su devolución y anunció que enviaría fuerzas para tomar posesión. El gobierno uruguayo dispuso la evacuación, pero se reservó los derechos que pudiera hacer valer sobre la isla.

El comandante oriental Timoteo Domínguez protagonizó entonces el episodio que se convertiría en núcleo de la memoria patriótica. Según la reconstrucción institucional de la Junta Departamental de Colonia, se negó a entregar o arriar la bandera uruguaya, ordenó cortar el mástil y lo trasladó, con el pabellón todavía izado, hasta Colonia. La formación insular de origen aluvional surgida al oeste de Martín García lleva su nombre.

La cuestión continuó activa durante más de un siglo. En 1972, la Comisión de Asuntos Internacionales del Senado uruguayo realizó varias sesiones sobre la jurisdicción del Río de la Plata y la isla Martín García.

La bibliografía uruguaya conserva títulos elocuentes. Edison González Lapeyre reconstruyó la negociación y las críticas al acuerdo en una obra subtitulada «La abandonada frontera terrestre Argentina-Uruguay». El índice incluye expresiones como «el territorio oriental abandonado» y las críticas uruguayas al Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo, firmado en 1973, que cerró jurídicamente la cuestión. El artículo 45 estableció que Martín García quedaría bajo jurisdicción argentina y se destinaría exclusivamente a reserva natural.

La isla Timoteo Domínguez, reconocida como uruguaya, terminó uniéndose físicamente con Martín García, con lo cual se constituyó la única porción de frontera terrestre entre ambos países.

En el imaginario uruguayo conviven cuatro representaciones:

  • Martín García como territorio que Uruguay poseyó y evacuó bajo presión;
  • Timoteo Domínguez como símbolo de dignidad nacional;
  • el tratado de 1973 como solución pragmática, pero discutida por parte de la historiografía;
  • la isla uruguaya Timoteo Domínguez como afirmación soberana y compensación simbólica.

No existe una reclamación oficial contemporánea sobre Martín García.

Lo curricular y lo social no son lo mismo

Una comparación sintética permite identificar distintos niveles de institucionalización de narrativas territoriales potencialmente adversas para la Argentina.

Chile posee la narrativa bilateral más claramente incorporada al currículum: la Patagonia aparece expresamente como territorio perdido. Bolivia institucionaliza la categoría general de pérdidas territoriales y la representa mediante mapas; la Argentina ocupa allí un lugar secundario, pero reconocible. Paraguay enseña de manera estructural la Guerra de la Triple Alianza, y su historiografía estatal utiliza el lenguaje de la pérdida para Misiones y el Chaco al sur del Pilcomayo. Uruguay incorpora el debate sobre su independencia y el artiguismo, mientras que Martín García permanece principalmente en la historiografía, la memoria local y expresiones chauvinistas ocasionales. En Brasil persiste la memoria histórica de una rivalidad por la supremacía regional, con una narrativa fragmentaria pero políticamente activable, aunque sin traducción contemporánea en una hostilidad oficial.

Qué implica para el interés nacional argentino

La Argentina conoce con intensidad sus propios reclamos territoriales, especialmente Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur, los espacios marítimos y la Antártida. Conoce mucho menos la forma en que su consolidación territorial es narrada por los países vecinos.

Ese desconocimiento produce el grave error de creer que una controversia jurídicamente resuelta deja de influir en la percepción bilateral.

Los imaginarios territoriales persisten y pueden activarse durante discusiones que no guardan relación directa con la traza fronteriza. En esos casos, el pasado proporciona un lenguaje mediante el cual la Argentina puede ser presentada como expansionista o beneficiaria de la debilidad ajena.

Los imaginarios territoriales de los países vecinos forman parte del conjunto de representaciones históricas potencialmente adversas para la Argentina. Algunos están incorporados al currículum; otros sobreviven en academias, museos, prensa o redes sociales. Algunos se refieren a controversias reales; otros expanden retrospectivamente antiguas aspiraciones sobre territorios nacionales actuales.

Conocer esas representaciones significa comprender el entorno simbólico en el que opera la política regional. La Argentina necesita observar sistemáticamente los currículos, manuales y mapas extranjeros; fortalecer los estudios fronterizos; seguir la circulación digital de narrativas territoriales; formar a sus diplomáticos en las memorias históricas de los países vecinos; producir cartografía rigurosa; y promover investigaciones desde la perspectiva del puro interés nacional.

Los tratados fijan las fronteras. La educación, la historiografía y las imágenes deciden cómo esas fronteras son recordadas. Ignorar esa segunda dimensión deja su representación en manos ajenas.