La Antártida es, quizás, el último gran espacio donde la geopolítica se juega casi en estado puro: un continente sin población originaria, gobernado por un régimen internacional singular, sobre el que conviven reclamos de soberanía congelados y una competencia creciente, disimulada bajo el lenguaje de la ciencia. Para la Argentina, país bicontinental, no es un territorio remoto sino una proyección natural de su geografía.
Una presencia centenaria
El Sector Antártico Argentino se reclama entre los meridianos 25° y 74° Oeste, al sur del paralelo 60° Sur, y se superpone parcialmente con los reclamos de Chile y del Reino Unido. Lo distingue un dato difícil de igualar: la Base Orcadas funciona de manera ininterrumpida desde 1904, lo que la convierte en la más antigua en operación continua de todo el continente. Esa presencia sostenida, junto a una red de trece bases —seis permanentes y siete temporarias— y a décadas de actos de administración, constituye el fundamento fáctico de la posición argentina.
El régimen del Tratado
El Tratado Antártico, firmado en 1959, destinó el continente a fines exclusivamente pacíficos, consagró la libertad de investigación científica y, en su artículo IV, congeló las reclamaciones de soberanía sin extinguirlas ni implicar renuncia. La Argentina es parte consultiva originaria y sede de la Secretaría del Tratado, en Buenos Aires: un capital institucional nada menor. En 1991, el Protocolo de Madrid reforzó el régimen prohibiendo la actividad minera. Conviene desarmar aquí un mito extendido: no es cierto que en 2048 se habilite automáticamente la explotación de recursos. Esa fecha solo permite que cualquier parte consultiva solicite una conferencia para revisar el Protocolo, cuya modificación exige mayorías agravadas. El statu quo no caduca por el paso del tiempo.
La nueva carrera antártica
Bajo la superficie de la cooperación científica se despliega, sin embargo, una competencia real. Las potencias amplían sus bases y su logística, no por curiosidad desinteresada, sino porque la presencia científica es hoy la moneda con la que se acumula posición de cara al futuro del continente: sus pesquerías, su agua dulce, su eventual potencial mineral y su valor estratégico. Quien esté presente y produzca conocimiento cuando llegue el momento de discutir el régimen tendrá voz; quien se haya retirado, no.
El interés nacional
De ahí que, en el caso antártico, el interés nacional se defienda con ciencia y logística antes que con retórica. La capacidad científica sostenida, una flota capaz —con el rompehielos Almirante Irízar como pieza central— y la proyección desde Ushuaia como puerta de entrada son los instrumentos concretos de la soberanía. Retirarse de la ciencia antártica es, en los hechos, retirarse de la posición. Y como toda campaña antártica moviliza una cadena de abastecimiento industrial, la cuestión conecta de nuevo con el desarrollo del interior, con Córdoba y Santa Fe como proveedores naturales.
Conclusión
La Antártida recompensa la constancia. La Argentina llega a la discusión de su futuro con un activo excepcional: más de un siglo de presencia. Conservar y ampliar esa ventaja —invirtiendo en ciencia y en medios propios— es la forma más eficaz, y menos declamativa, de defender un interés nacional que se proyecta hasta el fin del mundo.